profesor

Mamá, quiero ser profe

Para algunos es cuestión de vocación a otros son las circunstancias las que les han llevado a serlo. De una cosa estoy segura: no hay comparación posible con otro trabajo. Que seas profesor de idiomas o de otra asignatura, siempre te llevas a casa lo bueno y lo malo.

No se trata de un trabajo en el que estas sentado y puedes estar pensando en otras cosas. No, vives en el momento presente. Y si tienes tiempo a pensar, tienes que pensar en: qué tienes que decir, cómo lo vas a decir, gestionar interacciones, gestionar a los alumnos, gestionar el material, gestionar el tiempo que pasa volando ( y a veces que no pasa…) y gestionarte a ti mismo.

Trabajar como profesor es trabajar con personas. Das todo el rato. Das tu energía. Das tu tiempo. Das tus conocimientos. Das tu paciencia. Das de ti mismo. Cada alumno sentado en esta aula se lleva una parte de ti. Y todos queremos que sea la parte buena.

Una vez cumplidas las horas lectivas, aparecen las horas de corregir, de preparar, de pensar en cómo resolver un conflicto entre alumnos, en cómo llegar a este alumno que no entiende nada, en qué hacer en la próxima clase.

Aparecen las horas que llegas antes para no hacer cola en la fotocopiadora (y cruzar los dedos para que no se atasque), para terminar de preparar una clase.

Aparecen las horas en las que te vas más tarde a casa para recoger la clase, para reuniones o para tutorías con padres.

Aparecen esas semanas que te llevas a los alumnos de viaje y no estás en casa durante varios días.

Y aparece este alumno, que te dice que le gustan tus clases porque lo entiende todo y que no ve pasar la hora.

Y de repente, todo tiene sentido. Todas estas horas han servido, para al menos una persona. Y es suficiente para hacerte sentir que lo que haces cuenta. Y entonces sigues sin contar las horas y sigues como profesor/a.

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